Between the Lines | La adrenalina del micrófono...o saber hablar en público
Saber hablar en público también forma parte de la comunicación necesaria para cualquier profesional. Contenido y continente deben adecuarse al público al que se dirigen y saber seducir a la audiencia para que el mensaje cale, es la labor más importante que debe realizar un buen orador.
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La adrenalina del micrófono…o saber hablar en público

17 Abr La adrenalina del micrófono…o saber hablar en público

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Lo recuerdo como si fuera ayer. Me senté en la silla, me enfundé los cascos, ajusté mi boca al micrófono colocándola exactamente a un palmo y esperé a que se encendiera la lucecita roja. Sentía la boca seca y me sudaban las manos. De pronto, la luz se encendió y tuve que leer el breve texto que tenía delante. No recuerdo absolutamente nada de aquellas líneas porque, mientras las leía, solo podía escuchar el palpitar de mi corazón. Pum pum. Pum pum. Lo notaba tan fuerte en mi pecho que dudé de si se escucharía también a través del micrófono.

Estaba en el aula de prácticas de radio de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Eran una simples prácticas (no recuerdo ni la nota que saqué), pero jamás olvidaré aquel momento. Sentí por primera vez la adrenalina del micrófono. Pensé que nunca lo superaría y decidí que la radio, entre todos los medios de comunicación, era el que menos iba conmigo. Nada más lejos de la realidad porque, en segundo de carrera, surgió la posibilidad de colaborar en la sección de deportes de Cerdanyola Radio (¡una radio de verdad!) y aquella fue una oportunidad de aprender a hacer periodismo que no dejé escapar.

Recuerdo también como si fuera ayer mismo la primera vez que tuve que leer una crónica deportiva (de atletismo) en directo. Sudor en las manos, corazón atolondrando y voz quebrada…¡fue un horror! Pero el director de la sección creyó en mí -no sé por qué- y se empeñó en que me implicara cada vez más. Mi relación con la emisora duró 10 años y ha sido una de las mejores épocas de mi vida. Guardo recuerdos maravillosos y, para qué negarlo, de vez en cuando la echo de menos. Mucho. Echo de menos la adrenalina del micrófono con la luz roja encendida y el subidón cuando se apaga después de cuatro horas de programa en directo.

Lo hacía sin guión. Prácticamente sin papeles. Es el encanto de la transmisión de deportes

Los locutores a pie de campo trataban de explicar lo que ocurría y pedían paso para cantar gol o narrar una jugada conflictiva mientras la persona en el estudio -en este caso, yo- gestionaba los tiempos, marcando prioridades y conduciendo el programa con el mayor dinamismo posible. No considero que fuera muy buena, pero lo disfrutaba a cada segundo, incluso cuando el programa acababa un sábado a las once de la noche. ¿Por qué cuento todo este rollo? Pues porque si una cosa aprendí de aquella época fue a hablar frente a un micrófono sin miedo, sin papeles y sin dudar.

No sé si a alguien esto le puede parecer sencillo, pero está claro que no lo es. Esta es una reflexión que me surge con cierta frecuencia cuando asisto como público a eventos, jornadas o mesas redondas. Aunque no es lo mismo, hablar por la radio se asemeja mucho a hablar en público o delante de una cámara. El micrófono es el denominador común en todos los casos.

Seducir al público

Hace algunas semanas asistí con curiosidad a mi primera ronda de presentación de startups en Barcelona. Cinco compañías de nueva creación debían presentar al público su proyecto de negocio en busca de financiación. La deformación profesional me lleva siempre a analizar a cualquier persona que habla en público porque, en definitiva, está comunicando, aunque esa persona no siempre sea consciente de ello. La primera emprendedora inició su intervención preguntando si se le oía sin micrófono. Como le dijimos que no (la sala era grande), cogió el micrófono con desgana mascullando “es que no me gustan los micrófonos”. Bonita manera de presentarse a ella y su empresa, ¿no?

Si las personas nos guiamos por primeras impresiones, ¿qué opinión extraemos de esta interacción? No muy buena, la verdad. Otro de los emprendedores explicó su proyecto con desgana. Daba toda la sensación de que se sentía como si no le hubiera quedado otra que estar allí soltándonos su rollo, ya que desprendía por todos los poros de su piel la idea de que ése era el último lugar en el que le gustaría estar un sábado por la mañana. ¿Qué transmite esta actitud por muy buena que fuera su idea de negocio?

Siempre se dice de los buenos oradores que son capaces de seducir al público. Entonces, si lo que se pretende es convencer a los asistentes para captar su dinero, ¿no debería incluso enamorarlos?

Sinceramente, aunque no había grandes oradores en aquella ronda, sí hubo emprendedores con capacidad de conectar con el público porque sabían comunicar su idea con rigor, pasión y profesionalidad. Y es que no todo el mundo tiene carisma comunicativo innato, pero sí es una cualidad que se puede (y se debe trabajar). Sobre todo porque no afecta únicamente a la acción de hablar en público, sino que repercute en muchas otras facetas profesionales y personales que pueden beneficiar al abogado (networking, juicio, presentación a un cliente, relación con medios de comunicación…). Personalmente, he conocido a abogados con capacidad para comunicar tanto a periodistas como en público (hábiles para camelarse a lo que se les pusiera por delante) y a otros que han ido aprendiendo con los años a fuerza de práctica. Los dos casos son válidos para mí porque ambos son conscientes de sus aptitudes y, lo más importante aún, de la necesidad de saber comunicar adecuadamente al público que tienen delante.

Respeto por el público pero miedo…¡nunca!

Volviendo a los eventos, me decepciona muy a menudo asistir a presentaciones y ponencias que, bajo mi punto de vista, son de un nivel bajo o poco profesional. Me refiero a presentadores a los que les tiembla la voz, a moderadores incapaces de marcar el tempo y que acaban fagocitados por los acontecimientos, y a ponentes que leen sus intervenciones o que utilizan presentaciones abarrotadas de datos o de texto. Sabemos que en España el sistema educativo no fomenta la oratoria, al contrario de lo que ocurre en Estados Unidos, y tampoco pretendo que todo aquel que deba realizar un discurso lo empiece con la consabida bromita para relajar el ambiente que tanto les gusta a los americanos (y que también y tan bien han exportado). Pero sí veo muy necesario que todos aprendamos a hablar y a expresar nuestras ideas sin miedo ni titubeos.

Todos deberíamos saber comunicar de puertas afuera, tanto en continente como en contenido. ¿A qué me refiero con ello? Siempre digo que la comunicación es un trabajo en equipo y, cuando de lo que se trata es de comunicar a un auditorio, considero que impera la misma premisa. Es tan importante tener claro e interiorizado el contenido que se quiere transmitir como hacerlo de la forma adecuada, porque una cosa sin la otra resta eficacia a la comunicación. En la parte del contenido es básico contar con un esquema (preferiblemente mental) con las ideas principales y el orden de la intervención.

Aunque suene a cuento, la estructura ‘introducción-nudo-desenlace’ adaptado en este caso a ‘presentación-argumento-conclusión’ nunca falla

La presentación nos servirá para captar la atención del público introduciendo los hechos y lanzando preguntas al aire como punto de partida. En la fase de argumento debemos mantener al público atento detallando nuestras ideas respecto al tema en cuestión e intentando ofrecer contexto a nuestras afirmaciones para que no parezcan meras valoraciones personales. Y en el apartado de conclusión, si todavía tenemos al público interesado, deberemos recompensarlo sabiendo cerrar adecuadamente el círculo dando respuesta a las cuestiones que les planteábamos al inicio.

Todo ello sin olvidar la parte del continente. Además de vestir de acuerdo al código del evento, lo más importante es cómo nos expresamos: articular y vocalizar al pronunciar cada palabra, proyectar la voz para que todo el mundo pueda escucharnos, modularla enfatizando en aquellas palabras o ideas que consideramos clave, jugar con los silencios dramáticos para atraer la atención del púbico, pero sobre todo interactuar con él. Con esto último me refiero a mirar a los asistentes directamente, ver cómo reaccionan, realizar preguntas, hacer alguna que otra broma… Hablar en público es un baile y para aprender a danzar hay un secreto, tanto si se lleva el ritmo innato como si no: practicar, practicar y practicar (aunque sea delante del espejo).

Para acabar, quiero hacer hincapié en la falta de respeto por el tiempo de los asistentes que se ha extendido en algunos eventos. Todos hemos sufrido en alguna ocasión a ponentes que no se ajustan escrupulosamente al tiempo marcado (porque no tienen medido el tiempo de su intervención) u organizadores que no siguen la agenda que ellos mismos han estipulado en el programa. En este sentido, hay una práctica que he visto últimamente que consiste en utilizar una presentación e ir saltando slides hacia adelante y hacia atrás o bien pasar varios slides deprisa hasta encontrar el deseado. Digo yo, ¿no sería mejor utilizar una presentación exactamente con las diapositivas que se van a necesitar? ¿Ni una más ni una menos?

En definitiva, todo lo que acabo de enumerar tiene un característica común y es que no consigue conectar con el público, lo que hace que el mensaje acabe siendo ineficaz y se olvide rápidamente. Los presentadores, moderadores y ponentes que no saben comunicar, no dejan huella. Todos recordamos a profesores que eran incapaces de motivarnos y hacernos entender la lección y de los que pensábamos que no les había quedado otra que dedicar su tiempo a la enseñanza pero sin vocación alguna. Cuando tengamos que hablar en público, intentemos no convertirnos en aquel profesor y aspiremos a dejar huella, como hizo mi profesor de latín de COU. Hacerlo bien en estos tiempos, marca la diferencia.

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